De paso por Guinea Ecuatorial

No hay tigres, no hay rinocerontes, no es un safari, no es Senegal. Cuando piensas en África tienes un imaginario muy fantasioso que te regalan las películas e historias de otros. Sin embargo, África es mucho más que el cliché, y ese salirse del prejuicio le regala una riqueza inmensa, superior a lo que la imaginación había cultivado por años.

Soy Nadia Arango, colombiana. Estuve de misiones en el continente africano en el 2019. He ido de misiones a varios rincones del mundo donde he experimentado la magnificencia de la creación. Me he dejado encantar de la cultura, las historias, las huellas de la violencia, el perdón, la alegría, la niñez, los cantos… ir de misiones es dejar que la vida sea una constante de sorpresas y amores que nunca son suficientes para describir en un artículo como este. En las misiones del 2019 fui a Guinea Ecuatorial, una esquinita pequeñita en el “continente negro”; allí se rompieron todos mis esquemas sobre África y penetraron con fuerza mis convicciones sobre la pobreza, la belleza, la cultura y el amor.

África es un mosaico, cada país tiene una historia, una realidad; así mismo, cada tribu, cada familia, cada casa, cada persona… Como un mosaico de  Gaudí, me encontré una infinidad de colores y composiciones: atardeceres con melodías entonadas en lengua Fang o Bubi, ojos negros penetrantes, abrazos fuertes de huesos forrados de pieles oscuras y finas, verdes árboles que rodean los paisajes, nubes de polvo que se elevan con las huellas descalzas de los niños juguetones, barriguitas desnudas, dientes marmolizados que sonríen desde lejos, casitas cálidas y sencillas con suelos de barro y paredes de madera… pobreza, alegría, multiplicidad de historias que embellecen cada visita, cada familia, cada conversación.

Ir de misiones a África no es irse de turismo o de safari, no es ir a tomar fotos de un espectáculo donde uno se escuda en el dolor y pobreza humana para creerse el súper héroe. Ir de misiones a África es una experiencia de encontrar la belleza. En medio de todo lo que viven estas personas que viven allí, brilla con intensidad la acogida, familiaridad, generosidad y cercanía.

Es así como me enamoré de Guinea Ecuatorial en cada baile de los niños, que con un sabor inigualable dejan que la música y ellos sean uno solo, en las carreras con los pequeños, corriendo entre callejones y caminitos empolvados, en las largas conversaciones destapando cacahuetes y escuchando a las abuelas.

En esa paradoja de la belleza en la contrariedad, en medio de una cultura cuya herencia permite ciertos abusos y desaciertos que estimulan grandes brechas sociales, hay una gran esperanza. Los jóvenes fueron mi misión principal durante esas dos semanas y ellos, los jóvenes más que el futuro, son el presente de la sociedad. En nuestros encuentros de la tarde, hablábamos sobre el sentido de la vida, las relaciones humanas, el perdón, la familia, los sueños, allí se hizo apremiante la necesidad de EDUCACIÓN. Con brillo en los ojos salían a la luz enfermeras, profesoras, médicos, ingenieros, cantantes y artistas, como anhelos profundos que quieren hacerse tangibles en la comunidad de Ebibeyín. Los chicos no solo merecen, necesitan espacios donde puedan aprender a soñar, donde den alas a sus sueños, donde se alimenten de motivaciones para sacar adelante a sus comunidades, donde las ideas fluyan y se conviertan en realidades transformadoras.